martes, 14 de agosto de 2012

El medicamento como bien social.

Como siempre, trato de buscar una aplicación a los temas que estudio y suscitan interés en mí. Y el del título es un tema más que atractivo e interesante con el que me he topado estudiando las bases de la Farmacología en un libro que es Vademécum para los estudiantes y profesionales de esta disciplina científica. Me gustaría desarrollarlo de manera que yo misma pudiera entenderlo y tenerlo en cuenta si algún día llego a desarrollar la profesión en la que trato de formarme.

Para presentar el tema he decidido, en base a mis escasos conocimientos económicos y filosóficos, recurrir a lo que se define académicamente como "bien".

Para los economistas, la cualidad esencial de un bien es su UTILIDAD, es decir, su capacidad para satisfacer una necesidad real o potencial. La clasificación/categorización de los bienes se apoya ante todo en el criterio de escasez, puesto que parece que las necesidades existen en cantidad ilimitada frente a unos bienes disponibles en cantidad limitada. A pesar de los muchos tipos de bienes que se definen, nosotros nos centraremos en calificar 2 tipos que sin duda van muy unidos y nos permiten encuadrar al medicamento en este contexto económico-filosófico. Se trata del bien colectivo y el bien común.

El bien colectivo es, como la lógica permite apreciar, distinto del bien privado. Pero ese carácter colectivo o grupal es variable. Ponemos como ejemplos el bien obtenido del uso de una carretera y el bien obtenido de la defensa nacional. Los objetivos que persiguen son bien distintos, así como las necesidades que satisfacen pero ambos tienen ese fin último de servir a la colectividad. Los principales servicios proporcionados por el Estado aparecen como intermedios entre el servicio colectivo puro y los bienes o servicios pertenecientes a la esfera de la economía de mercado, rigiéndose por la ley de oferta y demanda por todos conocida. Estos bienes pueden ser objeto de consumo divisible e individualizable (en cuanto a que cada persona puede hacer un uso individual de los mismos), unas veces ofrecido gratuitamente y otras suponiendo un pago. Además, la teoría económica contemporánea admite también que la coexistencia de individuos en el seno de una colectividad organizada en Estado origina unas necesidades públicas específicas, que no resultan del juego de intereses que se ejercen en el de la economía de mercado. Los bienes que satisfacen estas necesidades intrínsecas a la sociedad han sido denominados "bienes de tutela", dado que su satisfacción requiere la tutela, vigilancia, protección o custodia del Estado. Cubrir estas necesidades es objeto de una intervención coercitiva de los poderes públicos, es decir, de la capacidad de éstos de imponer coactivamente la observancia de una norma, o en su defecto, la sanción correspondiente a su incumplimiento o desvirtuación. Así, cuando se trata de consumo privado son objeto de modificación el precio o las cantidades de mercado y cuando se trata de consumos colectivos se controla directamente la producción y utilización de bienes y servicios a través de Leyes intraestatales que pueden reflejar incluso las decisiones tomadas al respecto desde instancias superiores al propio Estado, cuando se trata por ejemplo de derechos universales o los pilares del Estado del Bienestar como son la sanidad y la educación.

Y no nos olvidamos del bien común que tiene una naturaleza más filosófica y que ya aparece esbozado en la República de Platón, en la discusión sobre la justicia individual y la justicia en el Estado. Aristóteles lo retoma en la Política, presentándolo como característica del Estado que se propone el BIEN DE TODOS y no sólamente el de los gobernantes. Para Santo Tomás de Aquino, el bien común se diferencia del bien de los individuos como tales, sea éste de tipo natural o espiritual. De la teoría del bien común tal como quedó elaborada por la escolástica clásica se desprende lo siguiente: que el bien común o FIN DE LA SOCIEDAD POLÍTICA se distingue de los fines naturales de los individuos (subsistencia, reproducción) y que se diferencia igualmente de los fines espirituales de estos, desvinculándolo de dogmas religiosos y otorgándoles así un sello de identidad único. Queda pues en manos de las personas cuando viven en sociedad y para conseguirlos se moldean así la moralidad y la ética. Se dice que materialmente el bien común está integrado por entidades, como los bienes de cultura o los que facilitan la prosperidad material, entendidos formalmente como cosa distinta de la suma de los bienes de cultura o materiales de los individuos que componen el grupo social. Así por ejemplo, la erudición de una persona es un bien particular suyo, pero la existencia de la erudición en general como camino al conocimiento al servicio de la humanidad y como patrimonio de la misma, es un bien (cultural) al servicio de toda la sociedad.

Con todos estos datos recopilados apreciamos el valor y las múltiples cualidades del medicamento, que se crea con el fin de lograr sanar y cuidar la salud de personas y también de animales. De esto desprendemos su utilidad como medio capaz de satisfacer una necesidad real o potencial que es en sí misma la salud de las personas, un derecho inalienable, y de los animales, erigiendo así a la salud como bien colectivo, bien de todos, bien común, bien social. Por todo esto, el medicamento se convierte en el medio de alcanzar ese objetivo de salud y por tanto en un bien social.

Imagen tomada de http://www.centromujer.es/salud


Pero el impacto que ejerce el medicamento, y las implicaciones y roles que tiene en la sociedad actual van más allá adquiriendo mayor complejidad, nuevas dimensiones que generan debate y gran controversia en muchas ocasiones.

Como producto los usuarios le dan una importancia relativa o absoluta según la eficacia del mismo en su propia experiencia personal y en muchos casos, también se basa en esta eficacia individual la credibilidad/confianza/autoridad del profesional que lo ha prescrito y la relación unidireccional del enfermo con el médico. En muchos casos, los pacientes valoran a sus médicos por los medicamentos que éstos les recetan en sus consultas mitificando así al medicamento, basando en él el éxito en la salud física y mental incluso cuando no hay medicamento para una determinada enfermedad en cuyo caso el médico recurre al placebo para paliar el desasosiego del paciente. E incluso podemos observar esa idolatración al medicamento y esa necesidad de salud a toda costa en la automedicación, en la que muchas veces se ignoran unos riesgos considerables y poco conocidos por los usuarios ante los que hay que estar bien atento. Porque el fármaco es un producto capaz de beneficiar pero también de dañar si se alcanzan los umbrales de la toxicidad. Por esto es necesario que se regule estrictamente su producción y utilización, así como también es necesario el estudio arduo en las distintas fases del ensayo clínico y su vigilancia una vez se haya lanzado el producto al mercado para, en caso necesario, retirarlo o estudiarlo de nuevo para ampliar sus contraindicaciones en los prospectos.

Nada desdeñable es el carácter ECONÓMICO que posee de manera insoslayable, intrínseca el medicamento, por ser, independientemente del fin, un producto más en el mercado y estar sometido a la cadena de producción y a ciertos intereses lucrativos y especulativos por parte de laboratorios, empresas privadas.., etc. También es objeto de masificación y muchas veces su precio va unido al renombre de una determinada casa de fabricación, lo que lleva muchas veces a pensar qué precio se le pone a la salud y preguntarse por qué unos pocos ven incrementados sus beneficios con la enfermedad de otros. Sin embargo, es innegable el reconocimiento debido a la labor de las empresas farmacéuticas cuya capacidad científica e innovadora, sus inversiones en desarrollo de nuevas moléculas garantes de la salud, los ha constituido en motores indispensables del progreso sanitario de la humanidad.

A pesar de todo, y como en todo, existen luces y sombras. Y como claro ejemplo de sombras e importante punto en el que enfocar la mirada crítica, podemos mencionar la siguiente situación indignante a la que no se imaginaba nadie que podíamos llegar. Actualmente, hemos asistido en nuestro país a la reducción de beneficios sociales con motivos puramente económicos para solventar problemas de deuda pública en detrimento de servicios y derechos como el de acceso a ciertos medicamentos "gratuitos",entre otros, con lo que nuevamente observamos el abuso que se ejerce sobre los bienes sociales, convirtiéndose de manera incoherente el Estado en el verdugo, en el que dinamita los pilares sobre los que se asienta.

No obstante terminaremos el texto volviendo a los indudables beneficios de los medicamentos y de las nuevas terapias que aún están por llegar, en la búsqueda continua de mejorar nuestras condiciones de vida y erradicar enfermedades que causan verdaderos estragos en el mundo.

Por último, me gustaría centrar la atención en algo que muchas veces pasa desapercibido, pero es indudable que la correcta medicación de los animales de abasto también es fundamental para evitar zoonosis y problemas de salud pública en los consumidores de productos alimenticios de origen animal. De esta manera, elogio la labor de los profesionales de la Veterinaria y de la Ciencia y Tecnología de los Alimentos por su labor de prevención en las primeras etapas de la cadena de transmisión de enfermedades de origen animal.


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