domingo, 27 de mayo de 2012

EVOLUCIÓN

Es curioso lo absorbente que puede resultar un documental sobre evolución. Recuerdo bien cómo mi padre me descubría con la comida fría esperando en el plato intacto, la boca abierta y los ojos fijos en la televisión y me obligaba a volver a la realidad con un: "¿vas a comer algún día?". Se me hacía difícil volver la vista a las tristes y frías lentejas que parecían sedimentar en el fondo de aquel plato hondo. Sin duda eran aburridas, casi tanto como una existencia sin preguntas. Hice el amago de volver a dirigir mi cuerpo en aquel acto tan bien aprendido e interiorizado con los años, el comer, aunque de manera totalmente automática de modo que mi mente pudiera seguir vagando por esos parajes televisados y aquellas teorías tan irresistibles. Algunos se preguntarán que ¿qué puede haber más interesante que unas buenas lentejas? La respuesta no entraña duda alguna: una nueva visión de la Evolución. Darwin nos inició a los seres humanos en una dirección acertada que nos permitiría reflexionar sobre nuestros orígenes, entenderlos y acercarnos a la verdad a través de la observación de las criaturas que nos acompañan en el presente y también de las que dejaron sus restos escondidos en las rocas, perdurando por siempre, como testigos del paso del tiempo y de la historia. Muchos seres humanos han dedicado y dedican buena parte de su vida a proseguir la tarea de Darwin: rellenar a base de teorías y pruebas las lagunas de la Vida sobre la Tierra. Así vamos encajando las piezas del puzzle de la existencia hasta llegar a los Orígenes, hasta llegar a la criatura que "dio a luz" a la explosión de seres que darían vida a la Tierra que los vio nacer. La unicelularidad inicial de la vida así como el origen de células eucariotas a partir de la ingestión y simbiosis de células procariotas que se convirtieron en las organelas de la célula huésped según la renombrada y aceptada Teoría Endosimbionte se han erigido en dogmas inamovibles del evolucionismo asentándose sin mucho problema en nuestro entender. Sin embargo, no todo es tan evidente. A medida que el árbol filogenético se ramifica y aparecen nuevas especies crecen las lagunas, los interrogantes. Para tratar de dar respuesta los científicos buscan los eslabones perdidos, es decir, aquellos seres que sufrieron las transformaciones anatómico-fisiológicas necesarias para explicar saltos evolutivos importantes y que dieron pie a descendientes conocidos por la Historia Natural. Una de esas muchas y crecientes lagunas, es el origen de los mamíferos. Como sabemos esta clase de vertebrados amniotas homeotermos la componen seres terrestres y seres acuáticos. Entre ellos hay radicales diferencias anatómicas debidas al medio en el que se mueven respectivamente. Sin embargo, comparten muchas más cosas. Entre ellas y por difícil que sea de asimilar se encuentra el movimiento. Si observamos el movimiento de los peces en el agua, seres con que los cetáceos (ballenas, delfines...) y otros mamíferos marinos comparten hábitat, concluimos que se trata de un dinamismo diferente. Los peces se mueven ondulando su raquis en un eje horizontal mientras que los cetáceos lo hacen en un eje vertical, recordándonos el movimiento de los mamíferos terrestres. Esto nos lleva a pensar que mamíferos terrestres y acuáticos tuvieron un antecesor común. Los estudiosos lo han buscado y han encontrado jugosas evidencias de su existencia. En las postrimerías de la década de los 70 del siglo pasado se halló en un enclave de las áridas tierras pakistaníes un fragmento de calavera de un ser desconocido. Se asemejaba por estructura al cráneo de un lobo. Sin embargo, un bulto óseo en la base del occipital y que se correspondía con el oído medio de la criatura, lo relacionaba directa e indudablemente con las ballenas, únicas poseedoras de tal estructura. Así se inició la búsqueda de ese tetrápodo padre de los mamíferos. Se intentó en los singulares y sobrecogedores Cementerios de Ballenas, desiertos salpicados de esqueletos que antaño fueron fondos marinos de bahías a las que iban a reproducirse y a morir estos gigantes del mar. No sería hasta muchos años después cuando se dio con el esqueleto fósil que erradicaría las dudas. Aquel ser primitivo, mucho más ancestral que las primeras ballenas de millones de años, era un ser marino que había desarrollado una mano. Más concretamente dos carpos y seis falanges. Aquello fue un descubrimiento que cambiaría el rumbo de las teorías puesto que se evidenciaba que no surgieron las extremidades después de que los seres marinos primitivos padres de los seres terrestres salieran del agua si no que, y en contra de todo pronóstico, ya algunos seres marinos habían desarrollado extremidades antes de salir del agua. Fascinante. Era momento de cambiar las teorías y dibujos de los libros de texto. Una vez más, las pruebas daban la vuelta a las teorías y alentaban a seguir buscando más claves, más piezas para completar, aunque aún estemos a años luz de vislumbrar la verdad, nuestro inabarcable puzzle de Vida.